Siempre tuve claro que en algún momento de mi vida iba a vivir, durante un tiempo, en el extranjero. No tenía claro cuándo sería ni dónde. Lo único que sabía es que sería una vez titulada de abogada, y cuando naciera mi sobrino.

Es así como me fui con una mochila y una maleta a Toronto Canadá con la Working Holiday visa. Además, me fui acompañada por los miedos y los sueños que tenía. Iba a lo desconocido.

No niego que al principio fue difícil. Pase de la noche a la mañana a convivir con el inglés las 24 horas del día (jamás había hablado en inglés). También tratar de ubicarme (con el mapa) cómo llegar a todos los lugares (tenía que cumplir con la puntualidad canadiense). Familiarizarse con el transporte público. Hacer los primeros trámites: número de celular canadiense; abrir una cuenta bancaria; tener el SIN (Social Insurance Number, por sus siglas en inglés) que es el número de identificación, como el RUT en Chile. Buscar un lugar donde vivir (me cambie 3 veces de casa). Encontrar un trabajo (me despidieron de uno por no hablar en inglés jajaja).

Tuve momentos tristes (como parte del proceso de adaptación). Te encuentras de cara con la frustración: eres un inmigrante (legal) que con suerte terminó el colegio; tratas de comunicarte en inglés para encontrar trabajo (lo más difícil para mí era entender una dirección en inglés jajaja). Extrañas a tus seres queridos y, también, la comida casera (para mí es un desafío cocinar). Vives en una pieza, compartiendo la cocina y el baño. Vivir un duro y largo invierno con mucho frío, hielo y nieve; casi no existen las “estaciones intermedias” como el otoño y la primavera (después supe que había sido el invierno con las temperaturas más bajas, razón por la que me daban calambres jajaja)

Sin embargo, luego el tiempo transcurrió, y tuve mis buenos momentos. Es así como iba de lunes a viernes a trabajar. Mejoré mi nivel de inglés (por fin me pude comunicar jajaja). Pagaba mensualmente la renta (monto que incluye los servicios básicos: luz, agua, gas, calefacción en el invierno, e internet; lo cual demuestra que se puede vivir en Canadá ganando el mínimo). Hice amistades que mantengo hasta el día de hoy (personas que se convierten en tu familia cuando vives en el extranjero). Pude viajar. Tuve una blanca navidad y un año nuevo heladísimo (¡qué experiencia el invierno!).

Ahora que miro hacia atrás, puedo decir que ha sido una de mis mejores experiencias. Vivir en el extranjero es muy distinto a viajar. Tienes tu vida formada (y, también, una rutina) en otro país. Todo es nuevo. Vives aprendiendo, sobre todo en Toronto que es una ciudad muy multicultural.

Recomiendo 100% vivir la experiencia de salir de tu zona de confort. Conoces otras realidades, y una cultura muy distinta a la tuya. Te empapas de la diversidad de personas. Disfrutas de las cosas simples de la vida. La distancia te permite apreciar a los tuyos, y también lo que tienes. Querrás viajar cada vez más (¡me picó el bichito viajero, y es incurable!). Y al regresar a tu país, te darás cuenta que todo sigue igual, pero tú no eres la misma persona que la que se fue.

 

Después de vivir en el extranjero y viajar sola decidí reinventarme para vivir más alineada a quien soy y la vida que quiero.
Ahora ayudo a mujeres con su autoestima y autoconocimiento para que cambien su vida y vivan con amor, libertad y abundancia.

Te dejo esta guía gratuita para que empieces hoy mismo.







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