Solía pensar: ¡que valiente esa mujer por viajar sola! Luego, reflexionaba y me decía: algún día yo también me atreveré, y viajaré sola.

Lo que no sabía es que, primero, tendría que recorrer un largo camino para conseguirlo. ¿La razón? Yo era mi propio obstáculo. Me encontré con piedras en el camino, que me hicieron descubrir que éstas eran originadas por mis propios miedos: viajar sola siendo mujer; que algo me pasará; que no tuviera con quién conversar, y recorrer sola; organizar todo yo sola; quién cuidaría mis cosas mientras me bañe en el mar; qué pasará si me aburro de estar sola. Y así una infinidad de cosas, que al final te das cuenta que los miedos son la peor de las limitantes. Frente a ellos, sólo nos quedan 2 opciones: o convivir con ellos, y no hacer las cosas por miedo; o afrontarlos y superarlos o, también, hacerlas, pero con miedo. En mi caso, decidí por lo último.

 

viajar sola no significa sentirse sola

 

Es así como de un momento a otro, todo cambió. Se suponía que iba a hacer un viaje al otro lado del mundo, pero debido a una gran decepción (que ahora agradezco mucho haya ocurrido) la idea no llegó a puerto. No obstante, me levanté, y me propuse que viajaría igual, pero a otro país, y lo haría aunque nadie me acompañe.

Ya con la decisión tomada, acompañada por una decepción en el corazón, y con el finiquito en mano, decidí viajar sola por primera vez en mi vida. Me di cuenta que esta vez sería yo la que lo haría, y no se trataría sólo de leer el relato de mujeres que se embarcaron en la aventura de viajar con ellas mismas (historias que me han inspirado mucho). Esta vez es diferente: sería la protagonista de mi propia aventura.

El país elegido fue Brasil; y las ciudades: Camboriu, Foz de Iguazú, Bombinhas y Florianópolis. Y así con el pasaje en mano, junto a toda la organización que implicó viajar durante casi 2 meses, ya sólo quedaba esperar la llegada del día para irme.

Sin embargo, no contaba con que mientras estaba esperando que me pasara a buscar el transfer, me invadiría la gran duda si irme o no. Realmente me sentía abrumada, con mucho miedo (¡caga de miedo, a lo buen chileno!), ya que no sabía a lo que iba ni que me iba a deparar, además estaría completamente sola. Me empezó a afectar físicamente: me dolía el estómago, me sentí ahogada, con taquicardia. Cuando llegué a este punto, me senté en mi cama, respire hondo, y pensé: “¿y si no voy? ¡No, tengo que hacerlo! ya tengo varias cosas pagadas, además me lo debo; ¡sólo hazlo! Aunque sea con miedo”. Fue lo último que pensé. Y así, me encontré sentada en el avión, rumbo al viaje que me cambiaría la vida para siempre.

 

viajar sola no significa sentirse sola

 

Desde el primer hasta el último día que duró el viaje, nunca me sentí sola; y cuando lo estuve, fue por decisión propia. Incluso, decidí quedarme en hostales, precisamente, porque es el lugar perfecto para conocer a otras personas viajeras. Y fue así como en todas las ciudades en las que estuve, conocí y compartí con personas de distintas partes del mundo; algunos viajando con amigos, y otros solos. Es más, resultó ser una gran sorpresa: nunca creí que saldría a bailar con las chicas que conocí en Camboriu; tampoco que conocería a un par de argentinos que se convirtieron en mis compañeros de ruta en Foz de Iguazú; y menos que volvería a practicar mi inglés, mientras tomaba un café en Florianópolis. Todas esas personas, y muchas otras más, fueron quienes me acompañaron en mi viaje, e hicieron que nunca me sintiera sola. Sobre todo, si llegas a la conclusión que cuentas con la mejor de las compañías: uno mismo.

Viajar sola (o más bien, viajar conmigo) me permite ser yo en todo su esplendor; también puedo hacer lo que realmente quiero; ir a dónde se me dé la gana; manejar con libertad mis tiempos; conversar -o no- con otras personas; decidir si quiero -o no- que alguien me acompañe; y, sobre todo, exprimir ese tiempo tan rico con uno mismo. Todo ello hace que el viaje (y la vida) valga la pena vivirla, experimentando lo que es -para mí- la verdadera felicidad.

Por eso, si tú también eres mujer, y piensas que algún día te gustaría viajar sola, ¡hazte un favor: hazlo! Si yo lo hice, tú también puedes. Te aseguro que tendrás miedo, pero créeme que todo habrá valido la pena. De hecho, te quedará gustando (es lo que me pasó). Viajar sola siendo mujer es una experiencia tan única que recomiendo vivirla, aunque sea una vez en la vida.

 

Después de vivir en el extranjero y viajar sola decidí reinventarme para vivir más alineada a quien soy y la vida que quiero.
Ahora ayudo a mujeres con su autoestima y autoconocimiento para que cambien su vida y vivan con amor, libertad y abundancia.

Te dejo esta guía gratuita para que empieces hoy mismo.







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