Si me preguntan cuál es mi sueño, la respuesta siempre es la misma: ¡viajar! El dinero que tengo siempre lo estoy ahorrando para viajar; y desde chica me imaginaba viajando. Pero ¿qué sucede cuando empiezas a viajar siendo “más grande”? No voy a decir que me dio la crisis de los 30 porque no fue así, pero si me he planteado que viajar después de los 30 no debe ser igual que cuando tienes 20 años.

 

¿Qué pasa cuándo comienzas a viajar después de los 30 años?

 

Tengo 33 años y no es que me sienta vieja, de hecho cuando otras personas comentan algo así, mi respuesta es: “Yo no me siento vieja, aún soy joven y me quedan muchas cosas por vivir”. Es verdad que la edad vendría siendo sólo un número, y que lo realmente importante es la actitud interna que tengamos en la vida. Sin embargo, hay momentos en que he sentido la limitación de la edad; y un claro ejemplo es cuando veo una noticia sobre un nuevo convenio de Working Holiday visa, lo primero que hago es leer los requisitos de la edad, y últimamente mi reacción ha sido siempre la misma: “pucha, otra más que es sólo hasta los 30 años”, seguido de un sentimiento de frustración.

Creo que estoy en esa etapa intermedia de la vida en la que ya no viajé siendo más joven y, por otro lado, me invade un sentimiento de ansiedad por querer viajar lo más posible, antes que la vida siga volando. Lo bueno, es que no me ha dado ganas de hacer ni tener las cosas que supuestamente debería hacer a mi edad: comprar un departamento, casarme, tener hijos. Por el momento, todavía eso no es para mí, y tampoco sé si algún día lo sea.

 

 

Mirando hacia atrás, cuando uno tenía las vacaciones más largas de la vida, como era los casi 3 meses en verano mientras estaba en el colegio y en la universidad, pienso: “en ese entonces no tenía dinero para viajar, y tampoco le iba a pedir a mis padres”. Ahora que uno es profesional, y gana su propio dinero, el problema se traspasa porque quizás ya no es el dinero el inconveniente, sino que ahora es el tiempo: las vacaciones se reducen a sólo 15 días al año ¡Que triste contradicción!

Cuando leo otros blog de viajes, y en la mayoría de ellos señalan que han viajado por 30 o 40 países, o que están viajando desde que tienen 18 años, pienso: “yo no soy de esas personas, pero sí quiero serlo”. En este punto hago una pausa, porque creo que el problema está en compararme con otras personas, en vez de comprender que simplemente viví lo que tenía que vivir en esos momentos. Puede sonar a conformismo, pero no creo que se saque algo en limpio tener siempre la vista hacia el pasado, con la sola idea de plantearse cómo habría hecho de diferente las cosas. En esa situación, me parece que lo más óptimo sería llevar la vista al presente y preguntarse: ¿qué hacer ahora para viajar más, de aquí en adelante?

También otro punto que alguna vez me plantee es que al no tener mucha experiencia viajera si era o no buena idea abrir un blog. No obstante, si soy sincera, el blog es algo que quería hacer hace mucho tiempo y, por eso, lo retrase en varias oportunidades. Al fin y al cabo, no tendría por qué sentirme menos por el sólo hecho de no tener un currículum extenso en viajes; en cambio, lo que sí tengo son ciertos viajes que me han marcado en lo personal, y que me han motivado para estar acá en estos momentos, compartiéndoles temas e inquietudes que más bien pueden tener la característica de ser personales e íntimos, pero que si le son de ayuda a, por lo menos, una persona, estaré más que agradecida y feliz.

Al final, no importa si empezaste antes o después, sino que lo más importante es que tomaste la decisión de hacerlo. En mi caso, comencé esta travesía viajera después de titularme como abogada ya que, en ese entonces, me sentía en deuda, porque lo primero que debía hacer era aprobar el examen de grado y tener el cartón para, luego, hacer lo que realmente me hace feliz: viajar; antes de ello, no me sentía tranquila, por tener mi titulación pendiente.

 

 

Luego de reflexionar en viarias instancias sobre el tema, he llegado a la conclusión que uno es su propia limitante, y aquí me refiero en todo sentido, a la vida en general, y no sólo cuando se trata de viajar. Lo que quiero decir es que cada uno de nosotros tenemos nuestras propias ataduras personales, ya sea que ésta se llame miedo, inseguridad, desconfianza, postergación, ansiedad, frustración, etcétera; porque al final todos ellos tienen en común el mismo origen: tú y yo; y, en especial, el rol de la mente, la cual juega un papel muy importante: puede ser tu mejor amigo o tu peor enemigo; sólo tú decides cuál rol le das. ¿Qué sería lo opuesto? Tratarnos a nosotros mismos con más amor, tener más confianza en uno mismo, no pensar tanto, y, simplemente, hacer las cosas que realmente queremos hacer, ¡lanzarse a la piscina! ¿Qué es lo peor que podría pasar? Que algo no resulte y, bueno, en ese caso hay 2 opciones: o continuas intentando, o se buscan otras opciones. Visto así, uno se da cuenta que nada es tan terrible como lo parece; la cosa está en que, muchas veces, no somos conscientes de lo que somos capaces de hacer.

Puede que le encuentres- o no- sentido a mis palabras, pero ahora, con cierta perspectiva, puedo decir que al viajar después de los 30 años hay cierta madurez que hace valorar más cada uno de mis viajes, y, también, darme cuenta cómo se ha ido transformando la Andre en cada viaje. Además puedo confiar más en mi misma, junto con ir descubriendo la magia de la vida.

 

Después de vivir en el extranjero y viajar sola decidí reinventarme para vivir más alineada a quien soy y la vida que quiero.
Ahora ayudo a mujeres con su autoestima y autoconocimiento para que cambien su vida y vivan con amor, libertad y abundancia.

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