En estos días he tenido varias instancias que me han llevado a rememorar cuando viví con una familia mapuche, sobre todo porque en esta fecha se celebra el “We Tripantu” que es la celebración del año nuevo mapuche.

En honor a uno de nuestros aborígenes chilenos, con mucho respeto y admiración, quiero dedicar estas memorias a ellos y contarles cuando viví con una comunidad mapuche, sobre todo porque son y forman parte de nuestro Chile.

Pero antes, para los que no son chilenos y están leyendo estas líneas, les quiero contar un poco de la historia de nuestros ancestros.

 

¿Quiénes son los mapuches?

 

Los mapuches (“gente de la tierra”, en idioma mapudungun) son un pueblo aborigen que habitaban, y habitan, en el sur de Chile y Argentina. En Chile se encuentran principalmente en la actual región de La Araucanía, la que corresponde a la ciudad de Temuco y sus alrededores.

Cuando llegaron los españoles a Chile en el siglo XVI se produjo la Guerra de Arauco, la cual duró 282 años entre 1536 y 1818 como parte del período de colonización de Chile, y que estuvo marcada por la resistencia del pueblo mapuche en respuesta a su ocupación.

A fines del siglo XIX fueron sometidos mediante campañas militares, lo cual implicó la muerte de millones de personas, junto con la pérdida de territorios que fueron declarados fiscales y que, hasta ese entonces, pertenecían a los mapuches.

Durante los siglos XX y XXI ha habido distintas iniciativas de recuperación de sus tierras, así como el reconocimiento de sus organizaciones y el ejercicio de su cultura.

Fuente: Wikipedia.

 

Imagen relacionada

Mapuches. Foto: noloseytu.blogspot.cl

 

Mi historia cuando viví con los mapuches

 

Tuve el honor de compartir con una comunidad mapuche en la ciudad de Carahue, específicamente en la comunidad de Chanco. Y lo mejor de esa experiencia fue haber vivido durante un par de días en la casa de una familia mapuche quienes, en forma muy amable, abrieron las puertas de su hogar y, sobre todo, las puertas de su corazón.

Me trataron como al mejor de los invitados; me hicieron sentir como un miembro más de su familia.

Todavía puedo sentir el olor a pan amasado recién salido del horno, disfrutando de los mejores platos de comida, saboreando un rico mate, y comer muchas habas de picoteo.

Incluso me permitieron vestirme con su traje tradicional, lo cual fue un verdadero honor para mí. Tanta historia y cultura representada a través de su vestimenta, y que ahora estaba sobre mi cuerpo. Sentí escalofríos por la envergadura que aquel noble acto significó para mí, que me llegue a emocionar cuando me mire en el espejo y, en esos momentos, comprendí que me querían hacer sentir como parte de ellos.

 

 

Hay que mencionar que la conectividad no es de las mejores. Caminaba varios kilómetros para llegar a destino. Pero una vez en el lugar, siempre me recibían con un abrazo, un mate, pan amasado y habas. Yo trataba de responder con el mismo cariño, pero a ratos sentía que nada de lo que hiciera o dijera se lograba equiparar a su gran generosidad.

Durante esos días pude conversar sobre su realidad, su historia y, también, conocer sus opiniones y sentimientos. Me hicieron cambiar la percepción distorsionada que uno tiene sólo por lo que  transmiten los medios de comunicación, y que, últimamente, sólo se han encargado de etiquetarlos como un pueblo violento y terrorista, pero ello es solamente una realidad muy parcializada. En cambio, no se muestra el otro lado de la moneda, y que es la realidad que conocí: personas chilenas como tú y yo que tienen sueños en su vida, y luchan por quitarse el estigma de ser violentos y terroristas por el sólo hecho de ser mapuches; pero claro, eso no es lo que vende.

Chile todavía está en deuda con sus pueblos aborígenes y, sobre todo, con los mapuches. Estamos en una situación en la que en vez de una integración (en todo ámbito) por lo que son y lo que representan, se ha producido una segregación que ha provocado una separación entre todos los que compartimos una misma nacionalidad y vivimos en una misma franja de tierra.

 

 

 

Me parece que, en parte, uno también tiene la culpa. Y la razón va desde la ignorancia que se tiene sobre el tema, hasta el hecho de no involucrarse más en las temáticas que afectan a los pueblos que forman parte de nuestro Chile.

Ojalá haya cada vez más instancias de participación cultural e integración porque, déjenme decirles, que Chile tiene más pueblos originarios que los habitantes de la Isla de Pascua (Easter Island, en inglés) y que, lamentablemente, es lo único que se conoce en el extranjero.

En mi opinión, todos tenemos, en parte, la culpa, ya que podemos ser responsables y dar a conocer e informar todo lo que los medios de comunicación no hacen. Así las cosas, todos podemos ser gestores de ese cambio, y aportar con un granito de arena.

Precisamente, es ese cambio de paradigma lo que he querido hacer en estas pocas líneas, y que, humildemente y con respeto, espero haber sembrado una pequeña semilla.

 

 

 

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